La ciudad embrutece, acelera y enceguece. El asfalto es una barrera contra la que chocamos tercamente a diario mientras nos desesperamos por llegar a tiempo a todos lados y, en definitiva, a ninguno.

Ayer, los integrantes del equipo de LA GACETA dejamos la ciudad empujados por ese apuro que, por irracional, termina volviéndose rutina. Transitamos la ruta 38 y nos llenamos con la eterna indignación que causan las rastras cañeras en infracción, los autos desvencijados, los motociclistas sin casco y la habitual -aunque no por eso menos impactante- falta de controles.

Llegamos a Los Sarmientos tensos y ansiosos (como buenos hombres de ciudad). Inmediatamente se impuso una pregunta: "¿y la gente, dónde está?" ¡Qué estúpidos! La multitud estaba en todos lados; sólo había que saber mirarla.

Era necesario encontrar a cada uno de los habitantes sentados en las puertas de sus casas, tomando mate, fumando un cigarrillo en la vereda, rasqueteando un caballo matungo -pero hermoso a sus ojos- o disfrutando de un partido de fútbol en una cancha de pastos desparejos. De diferentes maneras, todos nos estaban esperando y tenían ganas de ver el partido.

Unas cuantas vueltas por las calles de tierra del pueblo nos permitieron advertir que la vida palpitaba a mil por hora. De a poco, los vecinos empezaron a acercarse a la camioneta y los chicos nos rodearon ¡Qué estúpidos que fuimos! Como a buenos hombres de ciudad, nos había asustado la tranquilidad.